Una piel sensible hay que tratarla siempre como se merece: con todo el cuidado del mundo. Es fácil. Sólo tienes que escucharla y hacerle caso. Tu piel está viva y reacciona inmediatamente ante lo que le molesta: el calor, el frío, el roce de una etiqueta, el perfume que llevas...
Atiende sus quejas y, si notas que algo no le va bien, cámbialo. Empezando por lo más básico: tu higiene diaria. Procura usar sólo productos especialmente indicados para el cuidado de la piel sensible, con ingredientes como el lactoserum, rico en proteínas lácteas.
Si la cuidas bien, verás como no hay piel más agradecida.